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Reflexión de una mente cualquiera

15 Feb

No hay luna esta noche, solo un gris y desangelado cielo que cubre la ciudad en un sábado cualquiera. Los coches pasan y pasan, como hormigas de luz en búsqueda de un lejano hormiguero. Cierro los ojos y escucho una guerra entre cláxones, motores, voces y música muy alta que lastima mis oídos. Estoy en la ciudad, una ciudad cualquiera, que como toda ciudad cualquiera no duerme, ni de noche ni de día, sólo muestra caras distintas según el astro bajo la que se mire y procura convertir a sus habitantes en seres cualesquiera, lo cual parece estar logrando eficientemente.

 

Mantengo los ojos cerrados y trato de imaginarme lejos, en un lugar calmado, donde las revoluciones sean distintas a las del apresurado ritmo citadino. Me imagino en un bosque, sentado en medio de un apretado follaje, sintiendo el paso del tiempo como los ancestros, bajo constelaciones de luz que invictas observan la Tierra desde lejos. Estoy en un mundo totalmente diferente, el viento acaricia mi piel con delicadeza, arrastrando un leve y dulce silbido consigo… Los grillos acompañan la sinfonía junto con otros insectos, es la noche del bosque, es el sonido de la Tierra. Es entonces cuando la duda me parte cual rayo al aire… ¿Exactamente en dónde estoy? ¿Qué le pasó a este bosque? Mi utópico paisaje se desploma y caigo de bruces sobre la rosa de cemento, la ciudad me envuelve de nuevo.

Camino sin rumbo con la mente perdida en un abstracto pasillo, el mundo de las ideas, que resquebraja mi conciencia. Me pregunto sobre nuestra ciudad, ¿Siempre fue así? No… Obviamente no era así antes, no pudo haber sido así siempre… Entonces, ¿Cómo era antes? ¿Qué había debajo de los ríos de asfalto que inundan cada rincón de la Tierra? ¿Por qué es así, quién decidió que así fuera, cómo lo permitimos?
No es difícil responder estas preguntas, lo difícil es aceptar las respuestas, y con ellas, la responsabilidad de nuestros actos, que llevaron a nuestro entorno a lucir el maquillado rostro que luce ahora… Antes de haber una ciudad, había naturaleza, sí, había distintos tipos de vegetación abarcando las ahora calles, había una diversidad de fauna jamás comparable con la que hay ahora en los espacios citadinos y por supuesto, había un sinnúmero de relaciones entre las, al parecer, desconectadas especies, que mantenían el lugar en un equilibrio. El hombre llegó y con el, las cosas cambiaron para siempre.
Me froto la frente, inmerso en mis pensamientos. Somos una especie diferente a todas las demás que habitan el planeta, eso es seguro, nuestras acciones han cambiado el operar del planeta de maneras nunca antes alcanzadas. Hemos hecho y deshecho, creado y destruido, dado vida y asesinado, todo a escala planetaria. ¿Cómo deja esto al planeta? Lo deja alterado, así es como lo deja, el planeta está rodeado por una atmósfera, la cual está contaminada por la actividad humana, por lo que, desde este punto, nada que respire está exento de nuestro modo de vida.
Sigo caminando, y pensando, respiro, comienza a llover… La lluvia siempre me ha parecido uno de los fenómenos naturales más maravillosos, a fin de cuentas, es el agua lo que da la vida y es la lluvia la portadora de este mensaje de esperanza. Dice mi abuelo que antes se podía bañar en los ríos de la cuidad, que el agua de la lluvia se podía beber, sonrío triste… Ahora no es así, gran parte de los cuerpos de agua del planeta están contaminados, afectando a un número de especies incalculable, incluso llevando a muchas al colapso y alterando el equilibrio de distintos ciclos. La lluvia se vuelve más intensa, como reclamando a la ciudad por el daño que le ha hecho a la Tierra. Levanto la cara para sentir la lluvia descender en mi rostro y corro a buscar un techo para cubrirme de la lluvia, que arrastra todo a su paso.
El cielo y la lluvia le confieren un aura triste a la noche, yo sigo pensando sobre nosotros, sobre cómo hemos cambiado todo. Sentado, bajo techo, veo pasar un camión de cereales que recita : “Las mejores mañanas de la Tierra sólo con Kellogg’s”. Me río amargamente… En la portada del cereal aparecen unas hojuelas de maíz. Inmediatamente salta a mi mente la clásica frase “Sin maíz no hay país”, y le pese a quien le pese, es cierto, pienso. El maíz es un clásico ejemplo de cómo podemos manejar a la naturaleza, no crearla, solo dirigirla en la dirección que más nos conviene y en el último siglo, parece que no sabemos lo que en verdad nos conviene.
La lluvia para y -con ella- me pongo de pie y camino otro rato más hasta que por fin llego a mi casa, arrastrando un río más frío y triste que la noche, aún pensado, pensando en la gente, en la naturaleza, en las luces de la ciudad, en sus ruidos, en los pasos que hemos dado y en cómo los nexos entre naturaleza y hombre se han ido quedando cada vez más lejos, olvidados en un mar de mentes como la mía, mentes que no terminan de comprender por qué tratamos así al único lugar que nos da alojo, que es nuestra casa, que nos brinda alimento, que nos permite ser como somos. Pienso que lejos de bajar las manos es tiempo que de una vez por todas, levantemos la cara, ampliemos nuestros horizontes, dejemos de ver solo nuestros zapatos y veamos el universo que nos rodea, tratemos de entenderlo y podamos entonces, actuar a la altura de este planeta, este gran pero pequeño planeta, que es tan único y hermoso. Caigo cansado en la cama, sonrío, me desvanezco…

Laín Coubert
Personaje Ficticio

Lic. en Ciencias Ambientales

 
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Publicado por en 15 febrero, 2012 en Cambio climático

 

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